ETICA ANIMAL

Autor: Nuria Querol Viñas                      Web: www.gevha.com

Nuria Querol Viñas. Médica y Bióloga. Investigadora de la Fundación de la Escuela de Prevención y Seguridad Integral de la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universitat Oberta de Catalunya. Miembro de la Asociación Americana de Criminología, Especialista en crueldad hacia animales. Miembro de la Asociación Internacional para el Estudio de Trastornos de Personalidad.

 

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Dedicado a todas las víctimas de la crueldad humana, sean de la especie que sean, y a todos los humanos que luchan por un mundo más compasivo y justo.

 

“Los asesinos… muy a menudo son niños que nunca aprendieron que está mal sacarle los ojos a un cachorro”.

ROBERT K. RESSLER, EX-AGENTE DEL F.B.I.

“Un animal no puede defenderse; si tú estás disfrutando con el dolor, disfrutando con la tortura, te gusta ver cómo está sufriendo ese animal… entonces no eres un ser humano, eres un monstruo”.

JOSÉ SARAMAGO, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 1998

“La verdadera bondad del hombre sólo puede manifestarse con absoluta pureza y libertad en relación con quien no representa fuerza alguna. La verdadera prueba de la moralidad de la humanidad, la más profunda, tal que escapa a nuestra percepción, radica en su relación con aquellos que están a su merced: los animales”.

MILAN KUNDERA EN LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER

“Es la misma sensación si estrangulas un animal o una persona. Ya has sentido la presión en el cuello mientras intentan respirar. Estás estrujándoles la vida a esos animales y no hay mucha diferencia. Lucharán por sus vidas igual que lo hará un ser humano. Llega un momento en que matar ya no significa nada. Ya no me interesaban los animales y empecé a buscar víctimas humanas. Lo hice. Maté y maté hasta que me pillaron. Ahora pago por ello durante el resto de mi vida. Deberíamos parar la crueldad antes de que se transforme en un problema mayor, como yo.”

Estas reveladoras palabras fueron escritas por el asesino en serie, Keith Jesperson Hunter, desde la Prisión del Estado de Oregón, por lo que resultan particularmente valiosas para ilustrar la conexión entre la violencia hacia los animales y los humanos, que desde hace siglos es motivo de reflexión y preocupación. El interés por el maltrato hacia los animales, a diferencia de una falsa creencia actual, no obedece a una característica propia de la sociedad del bienestar, sino que supone una cuestión ética fundamental que tiene su origen en los inicios mismos de la Filosofía. El trato que concedemos a los otros animales ha sido y es objeto de encendido debate, ya que una de las cuestiones fundamentales que subyacen es hasta qué punto es ético utilizar a otros animales como recursos por el mero hecho de pertenecer a una especie distinta a la nuestra. No olvidemos que nuestra sociedad trata a seres sintientes, con capacidad de experimentar placer y dolor, como si fueran objetos que han sido creados para nuestro uso (Bekoff, 2003, 2004; Singer, 1999; Lafora, 2004; Regan, 2006), cosificándolos y desnaturalizándolos, para ahorrarnos el sentimiento de culpa y evitar que nos cuestionemos la moralidad de nuestra relación con ellos. Por otra parte, la condena al trato cruel a los animales se ha debido en otras ocasiones a un temor por la extensión del comportamiento violento hacia la especie humana. Santo Tomás de Aquino, si bien no tenía una preocupación hacia el sufrimiento de los animales per se, recomendaba la condena social al maltrato animal ya que —según él— “siendo crueles hacia los animales, uno se acaba volviendo cruel hacia los seres humanos”. En el siglo XVII, el filósofo John Locke escribía “el acostumbrarse a atormentar y matar bestias, endurecerá gradualmente las mentes hacia los hombres; y aquellos que se complazcan en el sufrimiento y la destrucción de criaturas inferiores no serán aptos para ser compasivos o benevolentes hacia aquellos de su propia clase” (1693, Sec. 166). Resulta particularmente interesante la serie de grabados del artista británico William Hogarth (1697-1764) titulada Los Estadios de la Crueldad (Shesgreen 1973). La prolífica y detallada representación de diferentes actos de tortura hacia animales, que finaliza en un asesinato (la novia del protagonista de los grabados, Tom Nero), es una sugerente conexión que establece Hogarth entre el maltrato a los animales y diversos factores sociales, con el desarrollo de otras conductas violentas en el futuro.

Los novelistas y escritores también han reflejado la conexión entre la violencia hacia los animales y los humanos, siendo algunos ejemplos conocidos El gato negro (Poe, 1843), The Great Santini (Pat Conroy, 1976), El señor de las moscas (William Golding, 1959), Las Crónicas de Narnia (C.S. Lewis) y Sacrifice (Andrew Vachss, 1991).

Marco científico

El que es considerado padre de la Psiquiatría en Francia, Pinel (s. XVIII), ya advertía de la conexión entre la crueldad infantil hacia los animales y la posible futura violencia interpersonal. Más adelante, ya hacia 1920, se publicó el libro The young delinquent, por Cyril Burt, recogiéndose como una de las manifestaciones de comportamiento violento digna de ser tenida en cuenta, la crueldad hacia los animales.

Ya en el siglo XX, la reconocida antropóloga Margaret Mead (Mead, 1964) afirmaba que la crueldad hacia los animales era un síntoma de una personalidad violenta que, sin un diagnóstico a tiempo, podría conducir a “una larga carrera de violencia episódica y asesinato”; aunque las primeras investigaciones sobre la relación entre la crueldad hacia los animales y los humanos, tuvieron lugar hace 40 años. Estos estudios concluyeron que existía dicha relación de grado mediante el análisis de población penitenciaria, lo cual se ha corroborado en estudios posteriores1.

Hace sólo una década, Arluke and Lockwood (1997) destacaban la creciente sensibilización de la sociedad hacia otras formas de violencia menos conocidas, expresando la necesidad de ampliar los estudios sobre el particular. Según Bryant (1979), la violación de las normas relativas al trato humanitario de los animales “seguramente constituyen los actos más ubicuos de entre los actos de desviación social”. Los animales son, a menudo, uno de los sectores más desprotegidos y más susceptibles de ser víctimas disponibles e indefensas, con escasa capacidad de respuesta, lo que, al igual que a otro tipo de víctimas, les hace especialmente vulnerables (Berkowitz, 1996; Urra, 1997; Echeburúa, 2004). Los actos violentos cometidos con los animales son contemplados como incidentes aislados (Flynn, 2000).

En ocasiones, la aparición en los medios de algunos casos especialmente sobrecogedores de crueldad hacia los animales, unido a la mayor sensibilidad de la sociedad en general, han conducido a la demanda de leyes más estrictas, sobre todo la consideración del maltrato a los animales domésticos como un delito en vez de una falta. En España, a pesar de ser un país no especialmente respetuoso con el trato a los animales (Lafora, 2004), se inició la modificación de artículo 337 del Código Penal en octubre del 2004, en respuesta a una espectacular campaña, liderada por la Fundación Altarriba, después de conocerse la tortura de 15 perros en una protectora de Reus (Tarragona). Actualmente, ocho Estados en EEUU autorizan explícitamente en sus estatutos (relativos a la crueldad hacia animales) las evaluaciones psicológicas o el tratamiento psiquiátrico. En California, se exige la evaluación psicológica si se pide la libertad condicional después de una condena por abuso a animales (Loar, 2000). En Colorado, se exige evaluación psicológica a partir de la segunda ofensa, igual que en Virginia Occidental. A diferencia de España, donde aún no existen recomendaciones de este tipo ni una infraestructura que permita educar a la población ni intervenir cuando convenga, en comparación con los cuerpos de inspectores humanitarios de otros países (RSPCA, SPCA, ASPCA, etc.), lo cual contraviene uno de los principios de la efectividad de las leyes: la certeza de la pena (Redondo, 2006 y otros). En este sentido, destaca la reciente encuesta elaborada por la empresa Ikerfel, en la cual el 84 por ciento de los españoles encuestados cree que no se castiga el maltrato a los animales; aunque las dificultades para hacer efectivas las leyes no son, ni mucho menos, exclusivas de España (Iburg, 2000).

Pese a las investigaciones, según apunta Hensley (Hensley & Tallichet, 2005), no todos los sociólogos y criminólogos han logrado entender por completo la importancia del maltrato a los animales, tanto empírica como teóricamente (Agnew, 1998; Beirne, 1995, 1996, 1999). Beirne (1995), por ejemplo, afirma que “muchos no ven que haya objeto de estudio del abuso físico y psicológico a animales”. Frente a ello, Ascione (2001), uno de los más reputados expertos, considera que el maltrato a los animales es “una forma significativa de comportamiento agresivo y antisocial que podría añadir una pieza más al puzzle del conocimiento y la prevención de la violencia juvenil”. Además, como Lockwood y Ascione (1998) apuntaron, los actos de crueldad hacia animales son considerados como penas menores (Flynn 2000), limitando la cantidad de información sobre la naturaleza, extensión y dinámica de este tipo de crueldad. Todas estas consideraciones sugieren que la crueldad hacia los animales constituye un fenómeno complejo que requiere una investigación más pormenorizada. Se necesitan más estudios que permitan identificar las características del perpetrador y las circunstancias que rodean el acto de crueldad. ¿Ser testigos de actos de crueldad en animales predispone a cometer futuros actos de violencia contra los animales? Si así es, ¿depende de la edad de la persona testigo de la crueldad y la relación con el maltratador? En otras palabras, ¿qué condiciones están asociadas con el aprendizaje y la posterior ejecución de actos de violencia contra animales?

¿Qué entendemos por crueldad hacia los animales?

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Debido al reconocimiento de la crueldad hacia los animales como un paso potencialmente previo a la perpetración de actos violentos hacia humanos, tanto los profesionales clínicos como los investigadores han procurado definir este fenómeno, no sin pocas dificultades.

La crueldad hacia los animales constituye uno de los síntomas del trastorno de conducta (conduct disorder)2, además de considerarse un criterio diagnóstico fiable, aunque no exclusivo (Spitzer, Davies & Barkley, 1990). En la versión posterior del DSM-IV (1994), un trastorno de conducta era definido como un “patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que los derechos básicos de los otros o las normas sociales son violadas” con la presencia de tres o más criterios durante los 12 últimos meses con uno, al menos, durante los últimos seis meses. De los 15 criterios, sólo el A5 está relacionado con la crueldad hacia los animales y no ofrece una definición amplia de lo que se considera “crueldad”, lo cual supone uno de los obstáculos en el estudio de este tema (Cuquerella, Querol, Ascione, Subirana, 2003 y otros).

Los investigadores empezaron desde entonces a perfilar una definición del concepto de crueldad y una manera de medirla: “representa un comportamiento objetivable y definible que acontece en un contexto social igualmente definible” (Lockwood & Ascione, 1998: 443). En una encuesta elaborada por Ascione, Thompson, y Black (1997), la crueldad hacia los animales se medía en términos de frecuencia y severidad. Guymer, Mellor, Luk, and Pearse (2001) desarrollaron el primer instrumento de criba (screening), para identificar específicamente la crueldad hacia los animales usando la definición de Ascione (1993) “comportamiento socialmente inaceptable que causa de manera intencional un sufrimiento, dolor o distrés innecesario y/o la muerte del animal”. No se incluyen, por tanto, y aunque causen sufrimiento innecesario a los animales, comportamientos más socialmente aceptados como la caza legal, la ganadería intensiva, la cría de animales por su piel, la experimentación científica con animales, espectáculos con animales (corridas de toros, rodeo, circo, zoos…). La definición de crueldad en relación a los animales también debería incluir —según varios autores— los actos de maltrato por negligencia cuando existe la intencionalidad de causar daño (Ascione, 1993: 228; Vermeulen & Odendaal, 1993: 249), diferenciándolo, por tanto, del hoarding o Síndrome de Diógenes con animales (Patronek, 1999; Fundación Altarriba, 2006). Existe, además, una diferenciación cualitativa digna de ser tenida en cuenta según se trate de animales invertebrados, vertebrados de sangre fría y vertebrados de sangre caliente (Ascione, Thompson & Black, 1997).

Prevalencia

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Hay pocos estudios hasta la fecha que hayan examinado la prevalencia de crueldad infantil hacia los animales. En uno de sus primeros trabajos, Tapia (1971) describió las historias de niños entre cinco y 15 años derivados para evaluación. Su análisis encontró que los niños participaban en varias formas de maltrato hacia los animales y que, seis años más tarde, el 62% continuaba exhibiendo este comportamiento (Ringdon & Tapia, 1977). En otro estudio, se midió la cifra de crueldad hacia los animales en una muestra de niños en clínicas de salud mental y una muestra no clínica (Achenbach & Edelbrock, 1981), así como informes maternos por la Child Behavior Checklist (CBCL). La muestra clínica presentaba cifras de 10-25% comparadas con el 5% de la muestra no clínica; mientras que las investigaciones con menores (14-18 años) en régimen penitenciario revelaron cifras del 14 al 22% (Ascione, 1993). Un estudio comparó las cifras y las características de la crueldad hacia los animales en una muestra clínica y una no-clínica (comunitaria) (Luk et al, 1999), resultando que la crueldad estaba presente en casi un tercio de la primera y en un 1% de la segunda. Los investigadores vieron también que los niños presentaban cifras más altas que las niñas, y que los niños crueles tendían a mostrar, en mayor frecuencia y severidad, síntomas de trastorno de conducta, pobre dinámica familiar y percepciones elevadas de sí mismos; por lo que se sugiere la hipótesis de una asociación entre esta elevada autopercepción y crueldad hacia los animales con la presentación de rasgos psicopáticos en la vida adulta (Frick, O’Brien, Wooton & Mc Burnett, 1994).

Las experiencias infantiles de crueldad hacia los animales no están limitadas a muestras de delincuentes juveniles, sino que se ha detectado en otros tipos de población. En un estudio en adolescentes de una muestra comunitaria, casi el 50% explicaba haber experimentado crueldad hacia los animales (Flynn, 2000); de los cuales la mitad había sido testigo de actos violentos y un 20% los habían cometido. En el caso de los individuos que fueron testigos, mayoritariamente, relataban un acto; mientras que los perpetradores explicaban más de uno. En todos, la forma de crueldad más frecuente era la muerte de animales abandonados y la tortura.

Trastorno de conducta

Este trastorno se caracteriza por patrones persistentes de ruptura de normas sociales asociados a daño físico a otras personas, propiedades, robo, y serias violaciones de las normas (DSM-IV, 1994). El trastorno de conducta es más prevalente en los últimos años (APA,1994): aproximadamente entre un 2-9% de los niños en EEUU son diagnosticados de este trastorno (Mc Mahon & Estes, 1997). Las cifras suelen ser más elevadas en niños que en niñas y, en todos, los síntomas se presentan típicamente en la niñez tardía hasta la adolescencia, aunque pueden continuar hasta la vida adulta. De los niños diagnosticados de trastorno de conducta, el 25 % han sido —o son en el presente— crueles en relación a los animales (Arluke et a. 1999).

En el meta-análisis de Frick et al. (1993), la crueldad hacia los animales se consideró uno de los síntomas más precoces (a la edad de 6.75 años). Es interesante destacar la importancia de este hecho ya que un inicio temprano de los síntomas suele ir asociado a una pobre prognosis del trastorno de conducta (APA, 1994). Los niños que cometen actos de crueldad hacia los animales es más probable que tengan problemas de conducta más severos que los que presentan otros síntomas (Luk, Staiger, Wongg & Mathai, 1999). De hecho, los niños con trastorno de conducta presentan mayores cifras de crueldad hacia animales que otros grupos (Achenbach, Howell, Quay & Conners, 1991).

Trastornos de personalidad

Gleyzer, Felthous, y Holzer (2002) hallaron en sus investigaciones una relación entre el trastorno anti-social de la personalidad y el hecho de tener antecedentes de crueldad hacia los animales, por lo que recomendaron a los psicólogos clínicos la consideración del estudio de la frecuencia, motivaciones, tipos de animales maltratados y naturaleza del maltrato.

Agresiones sexuales

En una muestra de violadores varones y pedófilos, se encontraron mayores cifras de crueldad infantil hacia animales (Tingle, Barnard, Robbins, Newman & Hutchinson, 1986) respecto de los no agresores sexuales. En este ámbito, un estudio muy conocido (Ressler et al. 1998) concluyó que, en una muestra de 36 asesinos y agresores sexuales, el 36% habían cometido actos de crueldad hacia los animales en la infancia, el 46% había sido cruel durante la adolescencia y el 36% persistía en la conducta en la edad adulta. Asimismo, en una muestra de jóvenes víctimas de abusos sexuales que presentaban enfermedad mental grave, se observaron mayores cifras de comportamiento sexual inadecuado, abuso de sustancias, reacciones post-traumáticas, síntomas disociativos y crueldad hacia animales (McClellan, Adams, Douglas, McCurry, Storck, 1995).

Estudios generales

Numerosos estudios se han servido de muestras de población penitenciaria para analizar la relación potencial entre actos de crueldad hacia animales y violencia hacia humanos. Desafortunadamente, los más recientes apuntan a las limitaciones de los que han utilizado muestras pequeñas, por considerar indirectamente el fenómeno de la crueldad hacia los animales o bien por adolecer de algunas deficiencias metodológicas como el uso de parrillas en vez de entrevistas personales factor ya predicho por Kellert & Felthous, (1985).

Merz-Perez y Heide (2003) afirman que la crueldad hacia los animales por sí misma es una expresión compleja de violencia y que su investigación requiere rigor metodológico y claridad conceptual. De manera más específica, Arluke y Lockwood (1997) apuntan que las investigaciones futuras deberían centrarse en el estudio demográfico del maltratador y la frecuencia del maltrato. Hasta la fecha, sólo unos pocos estudios han examinado la crueldad hacia los animales como un comportamiento recurrente4, los efectos de la exposición a maltrato de animales y posterior comisión de actos violentos (Miller & Knutson, 1997; Merz-Perez & Heide, 2003; Merz-Perez et al., 2001) y la edad en que empieza la crueldad hacia los animales.

Kellert and Felthous (1985) fueron los primeros que proporcionaron una investigación en pro-ndidad sobre el contexto y la dinámica que subyacen en los actos de crueldad hacia los animales. Para ello, entrevistaron a 102 criminales (32 con comportamiento agresivo, 18 moderadamente agresivo, y 52 no agresivos) y a 50 nocriminales en Kansas y Connecticut sobre su comportamiento antisocial, su pasado, su entorno, su relación con los animales (incluyendo 16 tipos específicos de crueldad hacia ellos). Los participantes explicaron un total de 373 actos de crueldad hacia los animales; un 60% de los cuales participaron en al menos uno. Los investigadores descubrieron más tarde que el 25% de los criminales violentos cometieron cinco o más actos de crueldad hacia los animales comparado con el 6% de los criminales moderados o no agresivos y ninguno de los no criminales.

En consecuencia, podemos decir que los análisis estadísticos revelan una asociación significativa entre la frecuencia de crueldad hacia los animales en la infancia y el posterior comportamiento agresivo hacia humanos. Merz-Perez y Heide (2003) destacan que la frecuencia indica un patrón de la escalada violenta en forma de crueldad hacia los animales.

Exposición a la crueldad

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Por lo que se refiere a la exposición a hechos de crueldad hacia animales, Miller y Knutson (1997) entrevistaron a 314 presos (84% hombres) en el Iowa Medical and Classification Center que habían cometido delitos y encontraron que el 66% habían herido o matado animales o bien habían sido testigos de alguien que lo había hecho. Los entrevistados respondieron a preguntas tales como “¿quién estaba involucrado, qué animales fueron maltratados, qué sucedió?, el número de incidentes, y si hubo consecuencias”. Más del 40% de los presos habían presenciado un maltrato y más del 50% habían sido testigos de la muerte de un animal a manos de otro individuo. Aunque sólo el 16% admitió haber maltratado un animal, el 31% reconoció haber matado a un animal abandonado. A pesar de que no se encontró ninguna asociación entre el haber sido testigo, haber cometido un acto de crueldad hacia animales y los cargos criminales, los investigadores elabora-ron sus conclusiones con algunas reservas ya que destacaron que la tasa basal de exposición a crueldad hacia los animales era muy alta (71%) para la muestra correspondiente a los presos.

En la investigación de crueldad hacia los animales y violencia subsiguiente, Merz-Perez y Heide (2003) recopilaron información de 45 presos violentos y 45 no violentos encarcelados en Florida en una cárcel de máxima seguridad (ver también Merz-Perez et al., 2001). Su estudio usó un amplio rango de variables de crueldad hacia los animales incluyendo la frecuencia y el ser testigo de un acto de crueldad por parte de un miembro de la familia, amigo, conocido, o extraño. Cuando examinaron la medida de frecuencia de crueldad hacia los animales, su análisis corroboró la relación entre actos previos de crueldad hacia animales y actos posteriores de violencia hacia humanos. Los presos violentos explicaron haber sido testigos en un porcentaje ligeramente mayor (75) que los no violentos (67), aunque la diferencia no es estadísticamente significativa. Sin embargo, Merz-Perez y Heide (2003) también concluyeron —a partir de sus datos cualitativos— que varios de los participantes violentos de la muestra habían sido testigos del mismo maltrato por parte de un amigo en repetidas ocasiones. También destacaban el hecho de que algunos de los participantes, tanto violentos como no violentos, “explicaban abusos que incluían la victimización de animales de compañía que habían sido maltratados o muertos por una figura paterna. En conclusión, destacaron la necesidad de investigar los efectos de la exposición a la crueldad hacia los animales cometida por otros.

En un reciente estudio (Hensley C, Tallichet SE, 2005) elaborado en dos prisiones de media seguridad y en una de alta seguridad en EEUU, entre una muestra de 261 individuos, se observó que los participantes que habían maltratado o matado animales de manera repetida habían sido expuesto a actos de crueldad hacia animales a una edad temprana y, con mayor frecuencia, habían sido testigos de un amigo maltratando a un animal (también en Cuquerella, Querol, Ascione, Subirana, 2003). Los presos que habían sido testigos de crueldad a una edad temprana, tam-bién comenzaban antes a perpetrar actos crueles. Este hecho implica que el inicio y la frecuencia de la crueldad hacia los animales puede haber sido influenciada por los miembros del entorno social primario. Debido a que la exposición temprana era un factor significativo en la realización temprana y recurrente de actos crueles en dicha muestra, se elaboró la hipótesis de la posibilidad de que los presos hubieran sufrido un proceso de pérdida de sensibilidad en su infancia temprana; por lo que podrían haber sentido placer mediante al participar en múltiples actos de crueldad (Sears 1991; Holmes et al. 1998). La exposición a la crueldad hacia animales así como a otras formas de violencia en edades tan tempranas y el hecho plausible de desensibilizarse ante ello los convierte potencialmente en seres más tendentes a cometer también actos de violencia interpersonal (Wright & Hensley, 2003).

Background

En lo que se refiere a la historia personal, las experiencias y la edad de los maltratadores de animales, Coston y Protz sugirieron que existe una transmisión intergeneracional de violencia hacia humanos y animales describiéndola como “una orden de actos agresivos que incluyen la ausencia de empatía, que pasa del cabeza de familia al niño a través de los animales” (1998:154-155). Es de sobra conocido el trabajo de Robert K. Ressler y sus colegas (1998) en el que se examinaron diversas características del comportamiento de 36 asesinos y agresores sexuales. De los 36 hombres, 28 presentaban características comunes en la infancia, siendo una de ellas la crueldad hacia los animales. Más concretamente, el 36% había cometido actos de crueldad hacia los animales en la infancia, el 46% había sido cruel durante la adolescencia y el 36% seguía siéndolo en la edad adulta. Una asociación que llamó la atención en dicho estudio, a pesar de que ya había sido descrita anteriormente5, es la conocida como tríada de Mac Donald o tríada homicida que relaciona enuresis, piromanía y crueldad hacia los animales. La capacidad de predicción de la tríada ha sido también motivo de estudio (Wax & Haddox, 1974) y ha generado algunas dudas en ciertos investigadores (Barnett and Spitzer, 1994; Lockwood and Ascione, 1998: 245–246). Algunos estudios más recientes han encontrado dicha asociación en criminales (Cuquerella, Querol, Ascione, Subirana, 2003) y especialmente entre dos factores de la tríada: piromanía (entendida como un comportamiento vandálico) y crueldad hacia animales6. Ressler (1998) apunta también a la especial asociación entre crueldad hacia los animales, actos vandálicos y la necesidad de que haya un sistema de feedback negativo lo más temprano posible con el propósito de poner fin a estos comportamientos indeseados.

Factores etiológicos

La primera clasificación de los motivos por los cuales los niños eran crueles con los animales la proporcionó las investigaciones de Kellert & Felthous (1985), en una muestra de criminales y una de no criminales, donde se identificaron nueve motivos para ser cruel: 1) controlar al animal, 2) satisfacer prejuicios contra otras especies o razas, 3) expresar agresión, 4) aumentar la propia agresividad, 5) sorprender a la gente por diversión, 6) como represalia contra una acción del animal 7) como represalia contra otra persona, 8) como desplazamiento de la hostilidad de una persona hacia un animal, 9) o sadismo no específico (Kellert & Felthous, 1985:1122-1124). Una de las limitaciones que presenta esta clasificación es que se basa en datos retrospectivos, por lo que es difícil saber con exactitud cuáles eran las motivaciones en el momento del maltrato.

Otros investigadores, dentro del estudio de la motivación de los niños para ser crueles, se han se centrado directamente en los menores (Ascione, Thompson & Black, 1997; Boat, 1995). Se apunta la interesante posibilidad de que los padres u otros adultos puedan utilizar la educación sobre el trato respetuoso y humanitario hacia los animales para eliminar la conducta cruel (Ascione, 1999). En una investigación, los niños en situación de riesgo relataron varios motivos: intento de identificarse con el agresor, imitar el comportamiento observado, modificar el estado de ánimo, someterse a la presión de compañeros o experimentar estimulación sexual (Ascione et al. 1997). Se ha observado que cometer]actos de crueldad hacia animales es un requisito de las pruebas de admisión en algunas bandas juveniles (Ascione, 1999).

Otros factores

En ocasiones, el estudio de la crueldad infantil hacia animales ha implicado al contexto familiar y, en menor grado, a los factores asociados al niño. En muestras de adultos crueles con animales, se recogen a menudo historias de abusos sexuales en la infancia8; mientras que los adolescentes maltratadores de animales presentan una relación parental, familiar y con compañeros más negativa que los no maltratadores (Miller & Knutson, 1997).

La crueldad hacia los animales es más frecuente en hogares con episodios de violencia doméstica9 y alcoholismo o abuso de otras drogas por parte de los progenitores (Felthous & Kellert, 1987). Por tanto, la detección del maltrato al animal puede ayudar también al descubrimiento de otros comportamientos violentos y hacer posible una intervención más temprana10. Aunque existen pocos estudios centrados en factores específicos que ayuden a explicar el desarrollo de la crueldad hacia los animales en niños, un estudio encontró niveles bajos de un metabolito de la serotonina11 en el líquido cefalorraquídeo de una niña de 12 años que maltrataba pájaros y hámsters (Kruesi, 1989). Como es bien sabido, en el estudio del comportamiento es francamente complicado discernir entre los efectos ambientales y la contribución genética, por lo que los factores infantiles estarán siempre influidos por el contexto familiar o del entorno del niño.

Teorías sobre el desarrollo de la crueldad infantil hacia los animales

Los estudios sobre el desarrollo del trastorno de conducta (Dodge, 1990; Goldstein, 1988; Lytton, 1990; Slutske et al., 1997). Lytton (1990) sugiere que los factores infantiles (genéticos, reactividad autónoma) interaccionan con los factores ambientales (control o rechazo parental) condicionando el desarrollo del trastorno de conducta. Otro modelo de interacción es el presentado por Goldstein (1988) y conocido como modelo de vulnerabilidad-estrés. Según este, los factores ambientales pueden predecir el inicio del trastorno estando presente una predisposición genética en el niño. Dodge (1990: 701) argumenta que las teorías deberían incorporar una visión integradora de ambos factores, hecho que confirmaron Slutske (1997) y sus colegas al encontrar que los factores genéticos y los ambientales eran igualmente importantes. Su teoría apunta a que los factores de riesgo se encuentran por igual en individuos normales y subclínicos y no únicamente en los que presentan el trastorno. A pesar de estas teorías, no existe heterogeneidad en la población de niños diagnosticados de este trastorno (Frick et al., 1994) e incluso se apunta a que ciertos factores puedan estar más asociados con ciertas características diagnósticas del trastorno de conducta más que con el trastorno en su conjunto (Frick et al. 1993). Algunos investigadores han combinado algunos de los factores específicos anteriores para desarrollar una teoría etiológica del maltrato a animales12. Ascione y Arkow (1999) sugieren que la teoría ecológica planteada por Bronfenbrenner y Marris (1997) podría explicar con más precisión cómo se desarrolla el abuso hacia animales en niños. La propia biología del niño, los factores ambientales específicos del trato a los animales interaccionan para desarrollar la propia conceptualización del trato a los animales por parte del niño. La teoría que Kohlberg (1984) desarrolla del pensamiento moral en los niños fue incorporada para extender el pensa-miento moral relativo a los animales en los niños (Dunlap, 1989), concluyéndose que las habilidades para resolver dilemas morales relativos al trato a humanos y a animales se desarrollaban de manera concurrente. Este hallazgo sugiere una relación entre cómo el niño trata a los animales y a los humanos, apoyándose en los razonamientos de que los crímenes inter-personales pueden tener su raíz en el maltrato a los animales. Numerosas teorías sugieren que el maltrato a los animales se desarrolla desde un contexto familiar violento y por el hecho de ser testigo de actos violentos. La teoría del desarrollo del aprendizaje del comportamiento anti-social de Patterson, De Baryshe & Ramsey’s (1989) sugiere que la conducta infantil de estos niños vendría modelada por patrones parentales punitivos, la ausencia de habilidades sociales y la falta de apego (Hoffman, 1993; McCord, 1991). Los niños podrían emplear estos patrones punitivos y de aversión para controlar a sus animales.

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Muchos niños que son testigos de maltrato a animales por parte de una figura parental acaban desarrollando también este comportamiento (Ascione, 1998; Boat, 1995). La crueldad parental proporciona un modelo para los niños de comportamiento inapropiado hacia los animales. Existen ejemplos de asesinos en serie que podrían haber sufrido este proceso, como es el caso de Henry Lee Lucas, quien a la edad de 10 años fue testigo de cómo el novio de su madre apuñalaba a una ternera y abusaba sexualmente de ésta mientras estaba agonizando. A los 13 años empezó a capturar pequeños animales y desollarlos aún con vida por diversión. Sus primeras experiencias sexuales consistieron en la captura de animales y la realización de rituales sexuales que incluían la tortura y la muerte (Merz-Perez et al. 2001). Su escalada violenta progresó durante 30 años en los que apuñaló, mutiló y asesinó a mujeres, siendo considerado uno de los asesinos en serie más notorios de la criminología (Wright & Hensley, 2003). Otro depredador sexual, Keith Hunter Jesperson, relata entre sus primeras experiencias la tortura y muerte de animales y de cómo su padre le exhortaba a ello. En unas declaraciones desde la Oregon State Penitentiary explicaba el placer que le producía ver el miedo en los animales mientras los torturaba y cómo llegó un momento en que matarlos no significaba nada, empezando sus fantasías de experimentarlo con seres humanos. Existen datos similares en otras biografías de asesinos en serie y de masas que torturaban animales en su infancia13. De entre los asesinos en masa son también estudiados los antecedentes de crueldad hacia animales en los casos de Eric Harris y Dylan Klebold, Kip Kinkel, Mitchell Johnson y Andrew Golden, Michael Carneal, Luke Woodham, Brenda Spencer, Lee Boyd Malvo, entre otros. Resulta especialmente estremecedor el caso de Woodham, quien reconoció en su diario haber golpeado, quemado y torturado a su perro Sparkle hasta la muerte, describiendo el acto como “pura belleza” (Querol, N., Cuquerella A., Ascione F., Subirana, M., 2002). Huelga decir que, en el estudio de las biografías de asesinos en serie y de masas, no es únicamente la crueldad hacia los animales uno de los eventos destacados, sino que existen en numerosas ocasiones varios factores de vulnerabilidad implicados que juegan un papel relevante en su psicogénesis (Hickey, 1991;Ressler, 1998, Cuquerella A. 2004; Querol, N., Cuquerella A., Ascione F., Subirana, M., 2002).

Felthous (1980) elaboró una conceptualización psicoanalítica para explicar el impacto del maltrato parental en el niño y la subsecuente crueldad de este hacia los animales. El niño proyectaría su agresividad hacia su agresor a través del animal. “Una figura parental abusiva se convierte en objeto agresivo de identificación y un modelo de aprendizaje del comportamiento agresivo” (Felthous, 1980:175). En uno de los casos ilustrativos, después de que un niño fuera golpeado por su madre, se escondió en el porche con su gato y lo estranguló hasta la muerte. Otros investigadores también han encontrado datos que apoyan el fenómeno del desplazamiento de la hostili-dad a un animal en un entorno hostil (Boat, 1995; Schowalter, 1983). Alguna teoría añade que existe algún factor en el contexto familiar que elimina el desarrollo de la empatía. De este modo, la exposición a la violencia que conduzca a la interferencia en el desarrollo de la empatía en el niño podría predecir un comportamiento cruel hacia los animales. La empatía y la autoestima se consideran factores protectores con asociaciones negativas en la conducta antisocial, que mediarían además los efectos de la impulsividad, el psicoticismo y la búsqueda de sensaciones (Baron & Kenny, 1986; Romero et al., 1999b; Sobral, J., Romero, E., Luengo, A., Marzoa, J., 2000). Flynn (1999) encontró que adolescentes que maltrataban animales tenían más probabilidad de maltratar a sus parejas y ejercer castigos corporales a sus hijos. Sugirió que haber cometido actos de crueldad hacia los animales en la infancia podría haber conducido a la ausencia de empatía y otras actitudes implícitas respecto al trato hacia niños o cónyuge. De todos modos, cabe la posibilidad de que la falta de empatía hubiera estado ya presente antes del comportamiento cruel hacia los animales.

Varios estudios apuntan a que cuando un niño es maltratado en el hogar o sufre acoso escolar (bullying) puede intentar ganar el control sobre otro ser vivo (humano o no humano) que sea menos poderoso (Gullone et al., 2004), produciéndose una disrupción en el desarrollo de su empatía y de la desconsideración por el bienestar de los otros14. En niños que crecen en un hogar donde se produce violencia hacia humanos y animales, puede generalizarse la violencia en otras áreas de su vida, siendo crueles hacia compañeros y animales15; la agresividad aprendida puede jugar un papel causal en la victimización y llevar a cabo comportamientos con riesgo de exclusión en el grupo (Schwartz et al., 1999, Hay et al., 2004;) y tienen dos veces más probabilidad de tomar parte en maltratos a animales (Baldry, 2003a; Currie, 2006).

La importancia de modificar el marco en que han crecido los niños que maltratan animales viene apoyado por los hallazgos de Frick et al (1994) en que los niños con trastornos de conducta estaban más motivados por la recompensa que por el castigo. Varios autores (e.g. Ascione, 1992; Ascione & Weber, 1996; Paul, 2000) sugieren que si tales esfuerzos van dirigidos a la promoción de interacciones positivas con animales, es probable que se interrumpa el descenso en la empatía que se aprecia en la historia de niños en riesgo (c.f., Hastings et al., 2000) y se refuercen actitudes socialmente aceptables para intentar evitar el distanciamiento emocional (Frick & Ellis,1999).

Los programas conocidos como educación humanitaria o los específicos de tratamiento de niños y adultos crueles con animales pretenden ser una estrategia para enseñarles el reconocimiento de sus acciones potencialmente dañinas hacia los animales y los humanos. Dichos programas ayudan a desarrollar el sentido de la responsabilidad (Ross, 1999: 368), preocupación por los demás (Serpell, 1999), además de colaborar en el desarrollo de la autoestima, la cooperación y la socialización (George, 1999). Los programas de educación humanitaria pueden incorporar técnicas de actividades o terapia asistidas con animales de compañía o bien programas de intervención en las aulas con alguna actividad complementaria como una visita a un refugio de animales.

Las investigaciones apuntan al papel importante de la empatía para el desarrollo de un comportamiento social responsable y aceptable, además de ser un factor protector del trastorno de conducta (Hastings et al., 2000). Las relaciones positivas con animales pueden predecir la disposición futura hacia los humanos (e.g., Ascione, 1992; Paul, 2000).

Conclusiones

En resumen, podemos concluir que las investigaciones sobre la crueldad hacia los animales son aún insuficientes para comprender la dimensión del problema (Hensley C, Tallichet SE, 2005), hecho que podría atribuirse —entre otros aspectos— a que el fenómeno se produzca en una especie distinta a la nuestra, lo que se denomina especismo (Beirne, 1996).

La investigación de los factores relacionados con el comienzo y la frecuencia de la crueldad hacia los animales constituye una oportunidad de explorar y desentrañar sus influencias y sugerir posibles soluciones y estrategias preventivas. El trabajo de Ascione sugiere además que el ser testigo de actos de crueldad puede empezar a erosionar el desarrollo emocional y moral del niño (Merz-Perez & Heide, 2003), con lo que la intervención temprana sería asimismo esencial para evitar dicho proceso.

Resulta lógica la conclusión de la necesidad de integrar diversos grupos (padres, educadores, maestros, asociaciones de protección animal, trabajadores sociales (Zilney 2001), veterinarios (Landau 1999, Green & Gullone, 2005), pediatras (Muscari 2001), agentes de la autoridad, etc. ) junto con el desarrollo de líneas de investigación por parte de sociólogos, criminólogos y psicólogos para proporcionar unas bases teóricas y comprender cómo se produce el inicio del maltrato infantil-juvenil hacia los animales (Agnew, 1998) e iniciar una intervención adecuada (Lewchanin, S. & Zimmerman, E., 2000; Shapiro, K., 2005). En este sentido, existen diferentes grupos y coaliciones [asociaciones?] que trabajan de manera multidisciplinar para proporcionar una atención más temprana, eficaz y completa a todas las víctimas del llamado ciclo de la violencia.

Como afirman varios expertos, y a modo de consideración final, “cada vez que no tomamos en consideración el maltrato a los animales, somos partícipes de una actitud moralmente injusta” (Solot, 1997) y “perdemos una oportunidad de identificar un comportamiento que podría ser un precursor de violencia contra los humanos” (Merz-Perez et al., 2001: 571).

Maltrato animal

 

Sí deseas consultar la bibliografía lo puedes hacer aquí:

http://www.ub.edu/fildt/revista/pdf/RByD13_Animal.pdf