Con la llegada del otoño, es habitual encontrar más pelos de lo normal por la casa. Sin embargo, cuando la caída es excesiva, se mantiene durante todo el año o aparece acompañada de picor, sequedad, menor densidad, enrojecimiento, rascado frecuente o pérdida de brillo, conviene prestar atención, porque no siempre se trata de una muda estacional. “En algunos casos, puede ser una señal de que existe un problema dermatológico que necesita valoración veterinaria”, explica la dermatóloga veterinaria en DerMadridVet, Irene Alfonso.
En los gatos, además, el acicalamiento excesivo puede ser una de las principales manifestaciones de molestias en la piel.
Pero, ¿qué ocurre cuando estos signos no desaparecen o vuelven a aparecer después de un tratamiento? En esos casos, aliviar las molestias puede ser necesario, aunque no siempre sea suficiente para mantener el problema bajo control.
Cuando el picor desaparece, pero vuelve semanas después
Uno de los escenarios habituales en dermatología veterinaria es el del perro que mejora con un tratamiento y, semanas después, vuelve a rascarse, lamerse las patas o presentar enrojecimiento y molestias en la piel.
Estas recaídas hacen necesario revisar qué está provocando los síntomas y si existen factores que siguen contribuyendo al problema, porque las alergias, las infecciones secundarias, los parásitos y otras enfermedades pueden producir manifestaciones similares, por lo que identificar la causa resulta fundamental para establecer el tratamiento adecuado.
En este sentido, Irene Alfonso defiende un abordaje que no se limite a actuar sobre el síntoma visible, sino que tenga en cuenta las necesidades del animal en su conjunto. “No se trata de dejar de utilizar los medicamentos que el animal necesita, sino de hacer algo más que tratar únicamente la sintomatología”, señala la veterinaria.
Este planteamiento supone valorar cada caso de manera individual, realizar una exploración completa y decidir qué combinación de tratamientos y cuidados necesita el paciente. Además de controlar el picor y la inflamación cuando sea necesario, en determinados casos puede ser importante prestar atención a otros factores relacionados con la salud cutánea, entre ellos la función de la barrera protectora de la piel y el estado de la microbiota intestinal.
La relación entre el intestino y la piel
La importancia de valorar al animal de forma global lleva a considerar una conexión que está despertando interés en dermatología veterinaria: el eje intestino-piel.
Y es que la piel no funciona de manera aislada. En determinados problemas dermatológicos, especialmente en las enfermedades alérgicas, intervienen mecanismos relacionados con la inflamación y la respuesta inmunitaria. En estos procesos, la microbiota intestinal, formada por los microorganismos que habitan en el intestino, tiene un papel relevante en la regulación del sistema inmunitario.
Por eso, comprender qué ocurre en el intestino puede aportar información útil en algunos pacientes con problemas cutáneos recurrentes. “No significa que todas las enfermedades de la piel tengan su origen en el aparato digestivo, sino que la salud intestinal puede ser uno de los factores que conviene valorar dentro de un abordaje más amplio”, explica Irene Alfonso.
Esta perspectiva amplía la forma de entender los problemas dermatológicos: además de identificar y tratar la causa concreta de las lesiones, el veterinario puede valorar qué otros elementos están influyendo en la evolución del paciente.
Inflamación, microbiota y barrera cutánea: un abordaje integral
La relación entre inflamación, microbiota y barrera cutánea se entiende mejor al observar cómo interactúan. La barrera cutánea constituye una primera línea de protección frente al entorno y, cuando está alterada, la piel puede perder parte de su capacidad defensiva. En los animales con determinadas enfermedades alérgicas, esta situación puede coexistir con una respuesta inflamatoria que contribuye al picor y al rascado.
A su vez, rascarse o lamerse de forma insistente puede provocar nuevos daños en la piel y agravar las molestias, alimentando un círculo que resulta difícil de controlar si no se aborda de forma adecuada.
Por ello, el manejo de estos pacientes puede requerir valorar diferentes aspectos relacionados entre sí:
- La inflamación, para controlar las molestias y evitar que el rascado siga dañando la piel.
- La barrera cutánea, fundamental para mantener la función protectora de este ó
- La microbiota intestinal, cuyo papel en la regulación inmunitaria puede ser relevante en determinados casos.
- La respuesta inmunitaria, especialmente cuando existe una enfermedad alérgica que necesita un seguimiento especí
No todos estos factores tienen la misma importancia en cada animal ni requieren las mismas medidas. La exploración, la historia clínica y el diagnóstico veterinario son los que permiten determinar qué necesita cada paciente.
La alimentación y los cuidados también cuentan
Es por eso que junto al tratamiento veterinario, los cuidados cotidianos contribuyen a mantener la piel y el pelaje en buenas condiciones. Una alimentación completa y equilibrada, adaptada a las necesidades del animal, aporta los nutrientes necesarios para su mantenimiento.
También es importante retirar el pelo muerto mediante un cepillado adecuado al tipo de manto, mantener una higiene apropiada y controlar los parásitos. “En los perros de pelo corto, por ejemplo, una manopla específica puede ser suficiente para eliminar el pelo suelto sin necesidad de realizar cepillados intensos”, cuenta la veterinaria.
En determinados pacientes, el veterinario puede valorar medidas nutricionales complementarias, incluidos ingredientes como probióticos, prebióticos, zinc o biotina, siempre en función de las necesidades individuales y sin sustituir los tratamientos que sean necesarios.
“La recomendación es consultar con el veterinario cuando la caída del pelo sea muy abundante o persistente, aparezcan zonas sin pelo o el animal presente picor recurrente, enrojecimiento, lesiones o un acicalamiento excesivo”, aconseja la dermatóloga.
Porque, aunque encontrar pelos por casa sea habitual cuando convivimos con animales, observar cómo cambia su pelaje puede ayudar a detectar señales de alerta. Y cuando las molestias se repiten, la clave no está únicamente en conseguir que el animal deje de rascarse, sino en averiguar qué está ocurriendo y establecer un plan de tratamiento y seguimiento adaptado a sus necesidades.